Cuando era pequeña me gustaba mirarme al espejo y contemplarme: era yo, entera.
Después, crecí y el espejo, en algún momento, se convirtió en mi enemigo.
Todo mi ser se había hecho añicos y solo veía pedazos de mí esparcidos, como en un rompecabezas en el que alguien se había divertido extraviando la imagen.
Los pedazos eran tan pequeños que ya no sabía por cuál empezar.
Es difícil reconstruir la imagen de alguien a quien ya no conoces, y sin embargo ese alguien era yo, pero ya no me reconocía: tan indefensa, tan insegura que ya no parecía yo.
Él había jugado bien sus cartas, se había mostrado como un amante cariñoso, dulce y atento, y eso me bastaba para creer que sería un buen marido y un buen padre.
Después de todo, había crecido en una familia que nunca había presumido de grandes riquezas, pero, eso sí, nunca me había ido a la cama con hambre de amor.
Mi padre ha sido un hombre afectuoso y respetuoso con todas las mujeres de la casa. A él nunca le he confesado la violencia que he sufrido a lo largo de estos años y, francamente, no sé si algún día podré contárselo.
Extraño mi país y extraño a mis padres, hace años que no vuelvo a la tierra que me vio crecer.
Allí viví mi vida feliz: la escuela, los amigos, la danza.
Amaba bailar, me sentía libre, segura, bellísima y feliz.
Quizás por eso ya no he podido bailar, ni siquiera dar unos simples pasos, porque la danza viaja en las frecuencias del alma, en las ondas de una identidad propia, y los años con él me arrancaron tanto la una como la otra.
Cuando llegué a aquel B&B todavía era una niña llena de sueños y esperanzas. Él lo era todo para mí, y yo estaba sinceramente enamorada de él.
Luego, la niña se convirtió en madre de su primer hijo, pero esa alegría también fue besada por el dolor de sentir que, por desgracia, mi hijo no estaba tan sano como yo habría querido. Aceptar la enfermedad es doloroso para una madre e incomprensible para un padre.
La condición de nuestro hijo y los problemas económicos que nos ahogaban nos llevaron, a lo largo de los años, a mudarnos con frecuencia. Ningún lugar era un hogar. Vagábamos como nuestras almas, que se estaban perdiendo por motivos distintos. En aquellos años nació nuestra segunda hija.
El hombre atento, mientras tanto, se había vuelto violento conmigo y con mis hijos.
Me menospreciaba, me pegaba por motivos aparentes e inexistentes. Intentaba por todos los medios proteger a mis hijos, pero cada día que seguíamos con él no hacía más que empeorar las cosas.
Estaba destruyendo pedazo a pedazo mi identidad, y nuestros hijos estaban atrapados en un sufrimiento que los ahogaba.
Miraba a mi alrededor y solo veía familias perfectas, y eso no hacía más que hundirme en un sentimiento de culpa.
El problema de la violencia no está solo en el dolor de sufrirla a manos de tu verdugo, sino también en el prejuicio que sentimos cada día sobre nosotras, en el juicio de quien siempre encuentra algo que reprocharnos. Esto, junto con todo lo demás, contribuye a hacer jirones nuestra identidad y, por desgracia, cuando te pierdes a ti misma y pierdes las fuerzas, no es tan sencillo pensar en irte.
Esa pregunta que, casi como un mantra, oigo repetir a la mayoría de las personas no tiene respuestas tan obvias cuando te despojan de ti misma, cuando te convierten en una rana en invierno.
Pero luego, cuando todo está perdido, de repente sucede algo.
Una noche soñé con mi nombre, y ese nombre me devolvió a la niña despreocupada que era, y pensé que, si quería volver a verme así, solo podría hacerlo yéndome.
Tomé a mis hijos y fui a denunciar al hombre que había amado y que, con los años, se había transformado en mi peor pesadilla, en mi verdugo.
Las primeras semanas me subían oleadas de culpa por culpas que no tenía.
Por las noches llegaban las pesadillas, y tardé meses en poder dormir tranquila sin tener miedo.
Mis hijos ahora tienen una vida normal hecha de rutina, de compañeros de escuela, de llantos y de alegría.
Claro que no olvidarán todo lo que hemos vivido, pero hay días en que estamos afuera, en el jardín, y los miro reír y divertirse mientras juegan envueltos en un rayo de sol, y vuelvo a ver en sus rostros el de la niña que fui, y entonces pienso que toda vida es digna de ser vivida, que las víctimas no son personas culpables, sino solo desafortunadas.
Pienso que quizás algún día volveré a bailar, pero, mientras tanto, de noche, en mi cama, por fin en paz, sueño con mi nombre.